
Y apareció la escalada deportiva. Vías de un solo largo, de subeybaja que no llegaban a ningún sitio. A todos mis compañeros les cautivó rápidamente, a mi la verdad es que me costó bastante aceptarla (en el sentido de que me gustase practicarla). De golpe y porrazo todos querían únicamente hacer tochos y resultaba bastante complicado engañar a alguien para escalar alguna vía más larga en agujas y ya no digamos en paredes.
En Agulles se comenzó a desarrollar esta faceta, pero en vista de los años que han pasado, no cuajó demasiado, quizás por el pateo. Se fueron equipando cositas sueltas por aquí y por allá, tímidos intentos y pequeños sectores, pero poco más. En nuestros días, hay vías deportivas (desubeybaja) aunque tampoco demasiadas.
Alguna cosilla fuimos equipando entre diversos miembros de la peña (banda, panda, colegas, amigos), cortos y bellos recorridos de 6a marciano, del que costaba la de Dios.
Una tarde tonta, estábamos en el refu un poco aburridos, el Cabra y yo. Tras comernos el bocata en la terracita, nos quedamos mirando la piedra dónde ahora aterriza el licotero. La Barana, como tal, diría que ni existía, o quizás si. Pillamos el burilador, unos tornillicos y nos fuimos a probar si salía algo guapo.
Deambulaba por allí otro joven que se nos apuntó a la juergecilla y convenimos con él el plan de ataque. El Cabra rapelaba y probaba la línea, a ver que tal; el espontáneo le aseguraba y yo me sentaba enfrente a ver como se veía. Bien, correcto, bastante chollo en principio.
Montamos la role y baja el Cabra, comienza el ascenso, asegurado por el espontáneo. En un momento dado, se cuelga el de abajo, veo que el de arriba hace nosequé y el Cabra baja disparado como una flecha contra el suelo, más de 10 metros sin duda.
Salgo disparado para allí, le digo al tal que si está tonto o qué y que se valla disparado a llamar a los bomberos. Rapelo con el mal rollo de a saber que me encontraría, con que estuviera vivo ya me daba por satisfecho. Total que si, que estaba medio bien, se había comido las ramas del árbol y eso le frenó bastante el impacto final. Una pata rota y contusiones leves. Unos cuantos humos de la risa hicieron más llevadera la espera hasta que le sacó el licotero.
Al tal le quedó el sobrenombre de El asesino del Cabra, en la época éramos bastante punkis. Luego tratamos de reconstruir los hechos, como el csi. El asesino insistía en que no sabía que pasó, el 8 se había salido de la reunión. Dos opciones quedaban como candidatas, a saber: no eran mosquetones de seguro, podía estar trabajando raro y al colgarse salió. Otra, más probale, el asesino sacó el 8 del mosquetón, para colocarlo más arriba, pues estaba incómodo (yo ví una manipulación extraña), con la mala fortuna de que justo en ese momento se colgó. En todo caso, el piñote no se lo quitó nadie.
Después el Cabra falleció en otras circunstancias muy distintas, aquel no era su momento. Sirvan estos post sobre Agulles como homenaje a un gran amigo con el que escalé muchas de estas vías y otras tantas.
Esta es la última estrada sobre la región, con ellas se cierra un capítulo importante de mi vida, del que guardo recuerdos muy gratos. Para mi siempre será la región más bonita de Montserrat, con diferencia.